En alguno de las próximos artículos observareis la importancia que le doy a la psicología en relación a la enseñanza y el entrenamiento del esquí alpino. En este caso, en el artículo que sigue, me centraré en uno de esos aspectos que no queda incluido dentro del espectro de la técnica, pero que sin embargo, está presente en muchas de nuestras sesiones de entrenamiento y de enseñanza. Me refiero al miedo. ¿Qué profesor no a tenido alguna vez un alumno con miedo?, ¿qué alumno no ha sentido en alguna ocasión el miedo?, ¿qué entrenador no ha visto una merma en el rendimiento de sus corredores debido a alguna situación estresante o amenazante?. Sin duda alguna me atrevería a decir que todos: instructores, alumnos profesores y corredores hemos sentido, "en nuestras carnes", el efecto del miedo.
El miedo no tiene significado en si mismo, es un peligro esperado, no real. Se siente miedo ante una situación concreta que esperamos que suceda, no que ha sucedido. La valoración del peligro que hace un esquiador ante la ejecución de un ejercicio deportivo es, por tanto, subjetiva y dependerá del balance resultante entre las capacidades del esquiador y las exigencias y expectativas en la realización de dicho ejercicio. Podemos determinar entonces que la personalidad o temperamento del atleta serán condicionantes importantes en la aparición del miedo.
Sabiendo que el miedo es una respuesta emocional subjetiva, para poder combatirlo podemos distinguir dos vías de ataque:
Por un lado, la vía preventiva (cuando el miedo no ha aparecido y queremos evitar que lo haga). Para conseguirlo hay una máxima fundamental en pedagogía, ir de lo fácil a lo difícil con una progresión segura y escalonada. Si la progresión es correcta evitaremos muchos males puesto que el alumno se sentirá capaz de superar la situación que le proponemos.
Por otro lado, la vía resolutiva (cuando el miedo ya ha aparecido y tenemos que buscar una solución para eliminarlo). En este caso es conveniente determinar el punto en el que surge, analizar la situación estresante y volver atrás en la progresión reincidiendo y modificando, si es necesario, los pasos que se han dado hasta que ha surgido. Tenemos que ser siempre conscientes de que el alumno ha de sentirse capaz de superar la situación que se le ha propuesto.
Pero, ¿cómo reconocemos el miedo?. Es habitual que el alumno no haga mención a sus temores, que se disponga ante nosotros como alguien valeroso. Podemos entonces buscar indicios del miedo. Sabemos que cuando aparece tiene una respuesta que se manifiesta en términos neurovegetativos, como por ejemplo: el aumento de la actividad cardiaca, aumento de la frecuencia respiratoria y aumento de la sudoración. También se produce una pérdida de destreza y del domino propio, la coordinación en la ejecución del ejercicio se ve afectada de manera notable. Es decir, el miedo, es un inhibidor del individuo que se presenta en varios grados y a distintas intensidades: desde el simple temor, hasta el shock. El miedo nos puede paralizar a un alumno.
El entrenador o instructor puede intuir la aparición del miedo si observar estos signos típicos:
.Desgana
.Tendencias de oposición a la realización del ejercicio
.Vacilación ante la ejecución
.Trastornos no habituales en la coordinación del movimiento
Como colofón decir que el papel del entrenador o instructor es muy importante en la educación del valor. Puede inculcar a sus deportistas, además de las destrezas motoras propias de la ejecución, el valor ante las situaciones amenazantes. La educación del valor constituye un proceso pedagógico complejo y dilatado en el tiempo, que tiene como objetivo provocar el control del comportamiento a través del dominio de las emociones y del análisis consciente del peligro. Pero ésta es otra historia a la que probablemente me referiré más adelante.
¡¡¡¡¡Que la nieve os acompañe!!!!
Eduardo Pajares.